LA NOVELA COLECTIVA DE LA GUERRA CIVIL

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Crítica (LIBRO DE LA SEMANA) en Babelia de Partes de guerra


Visión estelar de la Guerra Civil


Cuando Valle-Inclán reunió las crónicas que relataban su visita a las trincheras francesas durante la Primera Guerra Mundial, puso al frente de La media noche (1917) una breve noticia sobre la perspectiva narrativa: "Acontece que, al escribir de la guerra, el narrador que antes fue testigo da a los sucesos un enlace cronológico puramente accidental, nacido de la humana y geométrica limitación que nos veda ser a la vez en varias partes.

[...] El narrador ajusta la guerra y sus accidentes a la medida de su caminar. [...] Pero aquel que pudiese ser a la vez en varios lugares [...] tendría de la guerra una visión, una emoción y una concepción en todo distinta". Sería una visión colectiva, astral, estelar. Algo parecido es lo que ofrece Martínez de Pisón en Partes de guerra, una magnífica antología de relatos de la Guerra Civil ensamblados como una novela coral. La componen 35 textos de autores muy heterogéneos, cuyo nombre es garantía de calidad y excelencia literaria, y también de la pluralidad buscada por Pisón, al estar firmados por algunos que participaron en el conflicto (Calders, Sender, Barea, García Serrano, María Teresa León, López Anglada), por otros que perdieron, "irremisiblemente, la infancia y la guerra" (como escribió García Hortelano) y por los nacidos después, que sabrán de los sucesos por la memoria familiar y colectiva (que la hubo, aunque en susurros y de puertas adentro), o por los libros ajenos.

A la pluralidad existencial marcada por el espacio y el tiempo en que cada uno vivió esa parte de nuestra historia, se suma la ideológica, con claro predominio de los relatos escritos desde el campo republicano (no el bando, ¡ojo! apenas hay maniqueísmo). Y también la diversidad literaria, dada la categoría y personalidad de los autores, rasgo que redunda en beneficio de la lectura, muy variada y amena, tanto en lo formal como en lo estilístico, porque, junto a la cualidad germinal de los buenos cuentos (y éstos lo son), en Partes de guerra encontramos un amplio muestrario de formas y escrituras: la escueta narración de hechos posiblemente vividos en directo, la representación casi escénica de los mismos, los grandes frisos que propician ciertos espacios (refugios antiaéreos, campos de batalla, escuelas, calles, trenes, caminos), monólogos reflexivos, evocaciones y soliloquios, o deliciosos remansos cómicos (la tronchante historia de García Pavón, o de cuando en un pueblecito manchego se improvisó un campo de aviación "ruso" y todos los vecinos asisten embobados al mudo idilio entre un piloto y una bracera andaluza).

Son muchas las voces y las miradas que se van alternando y entre éstas destacan las de los niños: Jesús Fernández Santos cuenta la vida cotidiana de dos primos en una colonia veraniega próxima al frente y los juegos peligrosos a que se entregan, con desenlace trágico-grotesco; la brutal división de España la enfoca Aldecoa en un patio escolar y jesuítico, donde también tiene lugar un juego en el que los más débiles llevan la peor parte; en un casar de los Ancares un niño presencia las larvas que hace aflorar la guerra en el comportamiento de una partida de hombres degradados hasta la animalidad; desde un sótano-almacén de ataúdes que sirve de refugio, otro niño registra las rencillas y envidias de los vecinos y los perversos sentimientos que engendra el miedo (Delibes); en el Madrid del verano de 1938, un niño sarnoso aislado en su personal lazareto descubre "la carne de chocolate": una lúcida metáfora del tiempo de la vida en guerra (García Hortelano); otro lo hará en las múltiples colas del pan hechas en esos tres años (Jordana); o en un desván de Perpiñán, ya en el exilio (Tomás Segovia); o en el redil humano de un campo de concentración donde quedan atrapados dos muchachos (Jorge Campos).

Ordenados según la cronología, el lector asiste al estallido y el desorden inicial en un pueblo de Galicia (Rivas), en el caserío de los Iturbe (Pinilla) y en las calles de Cádiz, donde una telefonista indecisa y sola busca una dirección de huida que no encuentra (Quiñones). Desde espacios mítico-simbólicos como la Obaba de Atxaga y la Artámila de Matute vemos la llegada de los nacionales y los enfrentamientos y la feroz represión, que prosigue en La gesta de los caballistas, de Chaves Nogales: una verdadera joya que narra la batida y caza del rojo por campos andaluces emprendida por un marqués-cacique y su séquito. Vienen después las hazañas de una patrulla falangista en Galicia (Méndez Ferrín) y las diversas gestas bélicas en los distintos frentes. De este grupo destaco Las minas de Teruel (Calders) y El tanque de Iturbi (Novás Calvo), por ofrecer visiones y aspectos poco conocidos de la Guerra Civil. Relatos clásicos son El cojo, de Max Aub, que recoge la infernal espantá que siguió a la caída de Málaga, y los dos de Zúñiga: visión nocturna del Madrid bombardeado y diáspora final.

Es indiscutible el rigor, el acierto y el equilibrio en la selección de los relatos e incuestionable el interés de los mismos y su calidad literaria. Pero si fraternalmente miro atrás, echo en falta Una historia de Ibiza, de Alberti, donde se narra el espanto de lo sucedido allí los primeros días (recordemos la implacable acusación encerrada en Los grandes cementerios bajo la luna, de Bernanos, que se adelantó a los Malraux y compañía en la denuncia de la barbarie y la injusticia desencadenada por el general episcopal y sus huestes; sobre este tema de los intelectuales y la guerra, remito al relato de Chaves Nogales, ¡Masacre! ¡Masacre!, otra perla). Y añadiría En la costa de Santiniebla, de Cernuda (número X de Hora de España, octubre de 1937, cuando caía Asturias y se derrumbaba el Frente Norte), donde narra la visión de los "ahogados" en la ría del Eo (nueva laguna Estigia) tras la acción de las columnas "gallegas". También El acompañante, de Jiménez Lozano, que delata la hipócrita actuación de la Iglesia española, para ajustar realidad y ficción, dado el peso del clero en la Cruzada. Excelente broche del libro sería Una tumba, de Benet, porque las cenizas de la guerra también abrasaron aquí, y no sólo en los campos del exilio.

No hay crítica ni reprobación en estas líneas. Sólo la voluntad de sumar otras visiones a estos Partes de guerra, tan necesarios. -

ANA RODRÍGUEZ FISCHER 07/02/2009

ENTREVISTA A IGNACIO MARTÍNEZ DE PISÓN EN EL CULTURAL






Partes de guerra es un libro con mil padres que habla en nombre de todos

De Ana María Matute a Alberto Méndez, de María Teresa León a Miguel Delibes, pasando por Ramiro Pinilla o Bernardo Atxaga, Ignacio Martínez de Pisón se ha propuesto “forjar” en Partes de Guerra (RBA) la “gran novela de la guerra civil española”, reuniendo relatos de autores de muy diversas generaciones y tendencias. Martínez de Pisón desvela para El Cultural las claves del libro. También adelantamos el más interesante de los relatos incluidos: “La lección”, de Ramón J. Sender. Sender, que combatió en el 5º Regimiento a las órdenes de Líster, retrató las miserias de la guerra en este relato jamás recopilado en libro alguno y que sólo se publicó el 18 de julio de 1938 en “Voz de Madrid”. 


Huérfano de militar desde los nueve años, Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) derrama al hablar tanta timidez como simpatía, acaso abrumado por todos los compromisos y proyectos pendientes, como una novela “a medio escribir”, cuya acción se sitúa en la Barcelona de los años 60 y 70, o una colección de cuentos titulada Aeropuerto de Funchal que verá la luz en abril. Ahora, sin embargo, lo que ocupa a este licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Zaragoza y en Filología Italiana en Barcelona, donde reside desde 1982, es Partes de guerra, una recopilación de relatos que se postula como “gran novela de la guerra civil” 
-¿Cómo surgió el proyecto? 

-La idea se me ocurrió leyendo una reflexión de Italo Calvino sobre la narrativa italiana que había tocado el tema de la resistencia partisana. Calvino pensaba que toda esa narrativa podía leerse como un macrotexto unitario, un libro con mil padres que hablara en nombre de todos los que habían participado en la lucha. De la narrativa sobre la Guerra Civil española podría decirse algo parecido, con la diferencia de que la literatura sobre ella es mucho más abundante que la que existe sobre los partisanos. Cuando concebí el libro tuve claro que debía acotar el terreno: incluir sólo cuentos. Una buena selección de relatos, organizados cronológicamente del 18 de julio del 36 al 1 de abril del 39, podía dar una idea de cómo sería esa macronovela. 

El lastre de la propaganda 
-¿Qué aportan los autores contemporáneos (Manuel Rivas, Bernardo Atxaga, Trapiello, Méndez Ferrín) al libro? 

- Una visión generacional necesariamente diferente de la de los escritores que vivieron la guerra. Si en los relatos de éstos hay casi siempre un elemento testimonial y autobiográfico, en los de los más jóvenes por fuerza se ha de recurrir a la elaboración y la inventio. Unos y otros aportan una verdad, pero esa verdad es de naturaleza diferente, porque también la interpretación de la guerra cambia según la distancia desde la que se observe. De todos modos, la generación más ampliamente representada en el libro es la de los que vivieron la guerra siendo niños y no participaron directamente en ella: Ignacio Aldecoa, Fernández Santos, Ana María Matute, García Hortelano, Juan Eduardo Zúñiga, Pereira, Ramiro Pinilla, Tomás Segovia, Fernando Quiñones... 

-Sí, pero ¿dónde empieza la literatura y acaba la propaganda (de las dos Españas) en los relatos seleccionados? 

- La propaganda es, precisamente, uno de los lastres que pueden arrastrar los textos escritos en caliente, en el fragor de la contienda. Creo que en el libro hay siete u ocho relatos publicados antes del 1 de abril del 39, pero ninguno de ellos puede considerarse un texto propagandístico. En ese caso su valor literario habría sido nulo, y yo no lo habría seleccionado. 

-Parece haber una cierta descompensación entre los textos de uno y otro bando... 

- No me resultó fácil encontrar buenos relatos escritos por narradores de la España de los nacionales. Están Rafael García Serrano, Luis López Anglada... Desde luego, no se puede considerar franquistas ni a Delibes, que hizo la guerra en la Marina nacional, ni a García Pavón, ni a tantos otros que se acomodaron como pudieron a la España de Franco. Posiblemente en el libro sean más numerosos los textos de escritores que nunca ocultaron sus simpatías por la República, pero tanto éstos como aquéllos consiguen esquivar el riesgo del maniqueísmo. Si algún cuento cae en algún momento en ese maniqueísmo, es el de Edgar Neville, aunque su postura tiene una explicación: ¡lo que tuvo que sufrir ese hombre para que la España de Franco le perdonara sus antiguas simpatías republicanas! 

-¿Ha tenido que dejar fuera del libro algún relato? ¿Quién, qué falta y por qué? 

- Me habría gustado incluir un relato de Alberto Méndez, pero sus herederos no quisieron que se desgajara ninguna pieza de Los girasoles ciegos. Es su decisión y debe respetarse. 

-¿Qué aporta el libro que escape a los historiadores? 

- Lo que siempre aporta la literatura: la sensación de vida, el punto de vista subjetivo, la atención a los acontecimientos y personajes menores, la recreación de un momento trascendental a través de episodios a menudo intrascendentes... 

Las cicatrices de la guerra 
-¿Tiene sentido seguir dándole vueltas a la guerra civil con lo que está cayendo, después del 11-S, de Iraq o Gaza? 

-A la vista está que sigue teniendo sentido. Si no, no se plantearían debates como el que usted acaba de mencionar. Y, de todos modos, cuando las heridas de la guerra hayan cicatrizado definitivamente, seguiremos necesitando buenos libros que nos hablen de nuestra historia: de la Guerra Civil igual que de la República, de la guerra de áfrica, de las carlistas..

Nuria AZANCOT

CRÍTICA DE FÉLIX ROMEO EN EL SUPLEMENTO ARTES y LETRAS DEL HERALDO



VIDAS Y DESTINOS


Escribió Italo Calvino, y lo recoge Ignacio Martínez de Pisón en el prólogo a "Partes de guerra" que la narrativa surgida de la guerra partisana italiana de 1943 a 1945 podia ser leída como un macrotexto unitario: un libro de mil padres, capaz de hablar en nombre de todos los que habían participado en la lucha. De la misma manera, los relatos sobre la guerra civil española pueden componer una "novela" que hable en nombre de todos los que participaron

Y esa "novela" quiere ser ‘Partes de guerra’, una antología de cuentos sobre la guerra civil, publicados durante la contienda(como los dc Manuel Chaves Nogales y el de Ramón ]. Sender), en la posguerra franquista (como los de Jesús Fernández Santos y el de Miguel Delibes), en el exilio (como los de Max Aub o el de Francisco Ayala), o ya en la democracia (como los de Andrés Trapiello o Bernardo Atxaga).

Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960), cuyos dos libros anteriores estaban directamente ligados a la guerra civil, tanto su quest sobre José Robles, ‘Enterrara los muertos’ (Seix Barral),como su novela ‘Dientes de leche’ (Seix Barral), sobre un voluntario fascista italiano y su familia, ha leído toda la narrativa breve sobre el conflicto y ha seleccionado 35 cuentos de 31 autores, ‘Partes de guerra’ sigue el orden cronológico de la guerra: empieza con la sublevación militar de julio del 36, y las primeras detenciones, refleja da en "La lengua de las mariposas" de Manuel Rivas, y avanza durante la lucha, Sevilla, Teruel, Guadalajara, Barcelona., hasta la entrada en Madrid de los franquistas y la derrota de los leales, que marcharon al exilio o fueron encarcelados, como relata Jorge Campos en ‘Campo de los almendros’, que cierra el libro.

Partes de guerra’, como no podría ser de otra manera, esta cruzado de principle a final por la violencia, la muerte, el hambre, la pérdida, el miedo, el dolor... sentimientos que conmueven todavía mas porque los protagonistas de los relatos, como lo fueron también de la guerra, son muy jóvenes. Es un niño quien organiza el saqueo de la vivienda de los Madrazo en Madrid, como cuenta Andres Trapiello en "La seda rota", Son jovencísimos los protagonistas, cada uno de un bando, que coinciden en una laguna una noche calurosa, en el relato de Luis López Anglada, ‘La charca'."En julio del 36", el relato de Ramiro Pinllla, se cuenta como se debate en una casa rural vasca la incorporación al frente de un muchacho que no distingue la guerra de una caceria de pájaros. Y son niños los personajes de "Las minas de Teruel’, el relato de Pere Calders, donde se cuenta el recorrido por los tuneles de la ciudad buscando un conejo con el que acallar hambre y frío.

Son niños quienes luchan y quienes desertan y también quienes se esconden de los bombardeos, quienes huyen, quienes abandonan sus casas, quienes tiran piedras a sus maestros, quienes contemplan asombrados los hechos... Quizá por esa juventud tan presente, y pese a estar teñido por la desolación, ‘Partes de guerra’ emparenta mejor con la tradición picaresca que con la épica.

Los "macarronis" enemigos del "tanque de Iturri", dc Lino Novás Calvo, los guerreros marroquíes de ‘La gesta de los caballistas’, de Chaves Nogales, los rusos do "Donde se trazan las parejas do José Requinto y Nicolés Nicolavich con la Sagrario y la Pepa" el relato de Francisco García Pavon y el menos violento de todo el libro, la fotógrafa alemana Gerda Taro, protagonista de ‘Ruinas, el trayecto, de ]uan Eduardo Zúñiga, el soldado alemán de "Patio de armas", de Ignacio Aldecoa". son algunos de los muchos extranjeros dc ‘Partes de guerra’ y que muestran una guerra exótica, en la que además de un violento conflicto civil se produce un choque entre un país aislado y el mismo país convertido en el centro del mundo.

En Partes du guerra esté la guerra “aburrida” del Frente de Aragón, como en ‘El tajo’, de Francisco Ayala, que trae a la memoria los recuerdos de George Orwell en un lugar muy parecido,y esté lea guerra "breve", como la de Cádiz, donde transcurre el relato dc Fernando Quiñones,‘El final’, y están la guerra de todos los lugares y la guerra cotidiana y la larga guerra...

Dc la misma manera que John Dos Passos creó en "Manhattan Transfer" la novela de Nueva York a través de distintos personajes,que operan por contigüidad, Ignacio Martínez de Pisón ha compuesto en ‘Partes dc guerra’ una estupenda novela sobre la guerra civil con relatos de una treintena de escritores que dicen mucho más juntos que por separado. Un libro imprescindible para ahondar en el conocimiento de una guerra que sigue muy presente en nuestras vidas.

FÉLIX ROMEO